Puerto Ramírez, comuna de Palena. Las temperaturas llegan a 19 grados bajo cero y sus habitantes enfrentan el mismo problema cada invierno: el agua de las cañerías se congela y las destruye, dejando a las familias sin agua potable. Conseguir un gásfiter es difícil y costoso en una zona rural alejada de centros urbanos. En respuesta, las mujeres, principales responsables del funcionamiento de sus hogares, deciden organizarse: “Tenemos que aprender gasfitería. Nadie va a venir a ayudarnos”. 

El 15 de octubre se conmemora el Día Internacional de las Mujeres Rurales, establecido por la Asamblea General de Naciones Unidas en 2007 para reconocer su imprescindible aporte al desarrollo rural y avanzar en la igualdad de género en dichos contextos, donde persisten importantes brechas.

En nuestro país, las mujeres en la ruralidad son un actor clave en el liderazgo, activación y cuidado de sus comunidades. Pero enfrentan una doble brecha: territorial y de género. Las zonas rurales presentan mayores niveles de pobreza que las urbanas: un 23,2% frente a un 16,5% en pobreza por ingresos, y un 20,8% frente a un 17,3% en pobreza multidimensional (CASEN 2024). Y, según el Índice de Desarrollo Humano (PNUD, 2026), en el 93% de las comunas analizadas, el promedio masculino es mayor al femenino. La diferencia no proviene principalmente de la educación o la salud, sino del ingreso. Es decir, tener más conocimiento y capacidades no garantiza una vida más digna y segura. 

En Latinoamérica, según la FAO, las mujeres rurales no tienen el mismo acceso que los hombres a la tierra, créditos, materiales agrícolas, mercados o cadenas de productos de alto valor. Tampoco disfrutan de un acceso equitativo a servicios públicos, como la educación y la asistencia sanitaria, ni a infraestructuras, como el agua y saneamiento. Estas son verdaderas barreras para el desarrollo y la autonomía. 

En estos territorios hay oportunidades como el fondo Mujeres por la Equidad de ComunidadMujer y Servicio País de Fundación Superación de la Pobreza, que llevan décadas apoyando iniciativas de impacto local lideradas por mujeres, en este caso comunas rurales con altos índices de pobreza y vulnerabilidad en todo Chile, donde las mujeres ejercen un liderazgo fundamental en la seguridad alimentaria y la nutrición de sus hogares y comunidades y en el resguardo de recursos naturales frente al cambio climático. Además, innovan, cuidan y lideran iniciativas y organizaciones que activan a sus comunidades.

En Puerto Ramírez, 28 mujeres mayores de 35 años y sin educación superior se capacitarán en gasfitería para enfrentar una necesidad concreta de su territorio. En Lampa, 24 jefas de hogar se formarán en herrería y oficios metálicos para ampliar sus oportunidades de ingresos. En Lolol, 40 mujeres y estudiantes de la escuela local implementarán una huerta comunitaria autosustentable con un sistema de cosecha de aguas lluvias. Y en Quiriquina, 45 mujeres de entre 18 y 80 años fortalecerán sus organizaciones mediante trabajo en red, formación, acciones colectivas y herramientas de autocuidado. 

Estas experiencias demuestran que avanzar en igualdad de género en los territorios rurales no significa solo generar nuevas oportunidades para las mujeres. Significa también reconocer y fortalecer las capacidades que ya existen y que requieren activarse y conectarse para enfrentar sus propios desafíos y aportar a sus comunidades. Las mujeres rurales no están esperando que alguien llegue a resolver sus problemas. Lo que necesitan es que estemos a la altura de su liderazgo.

 

Por Catalina Littin, directora ejecutiva de Fundación Superación de la Pobreza – Servicio País, y Cristina Vio, directora ejecutiva de Comunidad Mujer

Carlos Valenzuela Comunicaciones

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